sábado, julio 12, 2003

La síntesis

Lleva tres días sin dormir. Sus ojos enrojecidos y su lentitud de respuesta le delatan. Una dura silla de hospital público mantenía sus carnes en las horas de sol. Durante las noches, se sumergía en el submundo dónde las moléculas bailan, luchan y se aman.

Tenía que esperar la hora en que todos, incluyendo la viejecilla, se habían ido a casa. Se convertía entonces en el escritor del guión de actores invisibles de nombres raros. Ya había aprendido de sobra a dirigirlos bajo su voluntad. Todos aquellos años le habían costado la adicción al antiácido y las bodas con un par de gafas. Pero si funcionaba, todo habría valido la pena. Sabía que ésta era su mayor empresa, su mas profundo reto, el rescate más deseado. Y llenaba su mente con volúmenes, burbujas, repetitivos sonidos, y vapores de olor fuerte.

Pero no podía controlar el tiempo. Era la unica dimensión descontrolada en su universo pequeño. La única que podía hacerle la mala jugada. El tiempo que a veces se asocia con la muerte.

Salió del laboratorio cuando ya el sol coqueteaba con las sombras. Inclusive había llegado aquel muchacho que recogía las basuras. A menudo le había visto cuando hacía horario de mañana. Le conocía de sobra por su piel tostada, su sonrisa alegre y su acento cortado. Alguna vez en los pasillos se habían quedado mirando a los ojos sin pronunciar palabra. Le recordaba mucho a su compañero de antaño.

A salir el verano le golpeó en la cara. Pero sonrió al recordar que en su bolsillo escondía su creación, su tesoro, su logro. Levantó su mano para llamar a un taxi. Al entrar el aire acondicionado mezclado con tabaco y olor a falso pino le revolvió el estómago. El conductor tenía la cabeza grande y pelos en la nuca.

"Al Ramón y Cajal, y rápido" le dijo.

miércoles, julio 09, 2003

Que se haga tu voluntad

Él habia abierto los ojos y le habia murmurado lo que había soñado. Le dijo que habían estado juntos donde las horas no pesan. Y una sonrisa le tomó por sorpresa.

Siempre pensó que en aquel sitio se reinventó la geometría. Cuando estuvo allí, los corazones viajaban paralelos, las entrañas se encontraban en un punto y las curvas adquirian nuevas ecuaciones.

Fué ese el tiempo cuando empezó a trabajar con la viejecilla de sonrisa falsa y sentencias peregrinas. La escogió porque aprendería lo que no está en los libros y porque tendría tiempo libre para cuando su compañero le llamase. Aún ahora, seguía trabajando para ella. Le había aguantado injusticias, ligerezas e historietas. Pero seguía con ella por amor a él. Y por odio a él.

Sintió entonces que en cualquier instante se cerraría su cicatriz. Que por fin se le secarían las mejillas de todas esas horas mirando al techo esperándole. Que se olvidaría del sonido de aquellos ronquidos envueltos en alcohol y añil.

Y le quizo de vuelta. Pero, como le enseñó su compañero, todo tiene un precio. Cambiaría su vida por la de él. Pasaría de pareja en orfandad a principal sospechoso.

Entonces recordó lo que siempre decían los nativos del refugio: "Que sea lo que dios quiera".

martes, julio 08, 2003

El despertar

Estaba de nuevo en esa isla perdida de terco sol y azules infinitos. Y de nuevo paseaba con él agarrado de la mano. Y como antes, hacían amagos de escapar de espuma del mar y perseguían lagartijas negras entre las piedras.

Ese sitio era una de las cosas que más le gustaban del mundo que había abandonado. Por eso fue el primer largo viaje que hicieron juntos. Allí durmieron desnudos en una casa de palos, contaron estrellas y comieron pescado en el desayuno.

Cuando le llevó, sus ojos se habían olvidado de lo mucho que le gustaba todo aquello. "Todo por persiguir los números propios y los ajenos", pensó ese día. Pero él sabía que llevaba las cifras en la sangre, como glóbulos rojos, y que siempre estaría anémico de ellas.

Un destello dorado del sol sobre agua le cerró los ojos. Cuando los abrió, lo vio allí sentado al pie de su cama de hospital. Estaba meditabundo, como solía estar a menudo. Normalmente le molestaba verle así, pero esta vez, sintió algo distinto.

"Si salgo de esta, volveré a enamorarle", pensó

lunes, julio 07, 2003

Al pie de la cama

El sopor del la habitación caliente y los sonidos acompasados de los aparatos le sacaron de esos recuerdos de antaño. Subitamente tomó conciencia de nuevo de que estaba en cuidados intensivos, esperando la consumacion de su más impune obra, de su delito, de su pecado más mortal. Y por eso se acordaba de sus meditaciones de domingo, en la época en que fue feliz y pensaba en los que otros llamaban "tonterias".

Era la época en que leía todas esas revistas que casi nadie entendía. Las prefería a las revistas del corazón de la peluquería, o a las revistas de economía que su compañero leía en el baño antes de la ducha. "Es el único sitio donde encuento respuestas a mis preguntas" dijo una vez con las lágrimas en puerta de embarque.

Ese fué también el tiempo en que hacía el amor todos los días. Cuando descubrió como niño y disfrutó como adulto. Sensaciones pueriles e intensas a la vez. Cuando sus remordimientos terminaban encerrados en un saquito impermeable en la mesa de noche.

Por eso le dolió tanto cuando el olvido le empezó a oxidar las entrañas. Cuando los perfumenes exóticos invadieron su refugio. Cuando el valor de sus acciónes se desplomó por los suelos.

Y por eso, sabía más que los médicos que le atendían.

domingo, julio 06, 2003

Meditación dominical

Recordó aquellos libros de metafísica. Especialmente aquel que decía que todas las imperfecciones de nuesto ser interior se reflejan en el ser físico. Que los seres puros de corazón eran de belleza infinita.

Y por su mente pasaron algunos de aquellos de sus pecados de pensamiento, palabra, obra y omisión. Los sentenció como culpabres de aquel acné presente décadas despues de la adolescencia, de esas bolitas de grasa que no se podía quitar con ejercicios y de aquellos pelos en sitios inesperados, como aquelos que se había visto en la mañana detrás de la oreja. "Debe ser como las lineas blancas que me salían de pequeño en las uñas y que siempre me dijeron que eran por las mentiras", pensó

Y un quejido del que le acompañaba le trajo subitamente a la realidad. Sacudió un poco la cabeza. Apartó un mechón de cabello que le estorbaba y siguió diligentemente comiendo de su carne. La de "la alianza nueva".

"Me haré un peeling, una dieta y un corte de cabello" se dijo más tarde mientras le miraba los enrojecidos ojos.